Día de descanso (Texto post-cornelista publicado en Canibaal n° 2 Valencia-España)

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Me gusta despertarme a media mañana, después de una larga semana de trabajo, percibir el suave llamado del sol que tras mis cortinas grises me llama por mi nombre. Me gusta el olor tibio de mi cuerpo que se guarda bajo mis sábanas, que se descubre como el salto de un gato blanco cuando las hago a un lado. Me gusta el parquet que sostiene mis pies y me acompaña desde mi cama a la ventana, de la ventana al baño, del baño al centro de mi pieza. Me gusta mi cité con su parque al centro donde los niños mueren, pero antes de morir ríen a carcajadas, y luego crecen. Me gustan los postes de luz apagados, los vehículos de colores sombríos que, estacionados y fríos, me hablan de otros mañanas. Me gustan los árboles que el ayuntamiento entretiene, las madres gordas que pasan con sus bolsas a paso ligero, el pasto que crece sobre el abono, los perros que olfatean los pasos que dieron la noche anterior, la destreza que tienen para volver a poner el pie en el mismo agujero. Me gustan los papagayos y los caballos blancos, los monos que gritan sus vidas en sus cantos, los toros salvajes que espantan las moscas de sus grupas, sus testículos de donde beben las pulgas. Me gustan los elefantes que se regocijan en el lodo de alguna selva en proceso de desaparición. Me gusta el sol que con sus trenzas rojas les da abrigo y, como a ellos, a mí. Me gusta poner discos antes de pronunciar cualquier palabra, saberme protegido por mis cuatro paredes peladas, bajo las palabras de algún cantante muerto. Me gusta abrir la nevera y tomar mi tazón de leche con cereales y nesquik. Me gusta ver mi nevera equipada con los alimentos que necesito. Por eso voy al supermercado a pasar mi tarde. Me gusta empujar mi carrito y llenarlo de a pocos con mis productos selectos, seleccionados por mí mismo. Yo, nadie más que yo, escogiendo el menú de mi semana. Me gustan los yogures naturales, los productos biológicos, la leche empaquetada, la carne tratada con amor, el pescado cazado sin anzuelo, la butifarra y el foie gras. Me gusta el pan con semillas en la cortaza, el café venido del tercer mundo, la quinua que colabora al desarrollo de los pueblos, los productos con el dibujo de un panda. Me gusta el arroz de Asia, los pistachos, las mujeres exóticas traídas de Siberia, los brujos colgados de los pies que nos regalan su grasa para nuestras cremas. Me gustan las piernas gordas, las nalgas que se piden permiso entre sí. Me gustan los dulces que chorrean miel y que me obligan a chuparme los dedos. Me gustan los Macarrones y los Mil Hojas, los Éclairs au Chocolat. Pero lo que en verdad me hace me hace ver la estrellas, lo que en verdad me hace estirar los brazos y agradecer a algún Dios, es la sección de detergentes y suavizantes de ropa. Su olor sintético y sus envases de colores me hacen pensar en otros planetas. Luego de acariciar sus etiquetas, luego de lamer sus tapas y la base de sus envases, luego de trepar por sus estantes y rascarme las axilas, de enseñar mis dientes y gritar a los cuatro vientos mi nombre, luego de saltar de un lado al otro, de rodar en volantines como pelota, de señalar, reír a carcajadas y rascarme la barriga y el pecho, vuelvo a casa como nuevo, con mis bolsas recicladas, después de haber hecho mi terapia. Pero antes paso por mi Big Mac que, desde luego, es mucho más saludable que un kebab lleno de grasa.

Luis M. Hermoza

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